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Profesora – Érika M. Tercero Salinas

Sea cual sea tu camino, piensa que cada día, puedes escoger. Usa tu libertad para poder elegir, aunque sea lo mismo, pero sé consciente. Ser consciente te ayuda a volver a ti.

Viernes, 9 de abril de 2021

En España, desde hace bastantes años, vivimos el fenómeno de los pueblos abandonados. La mayoría de la población quiere prosperar, y los que habitaban estos pueblos o aldeas han ido dejando el lugar de origen para cambiarlo por una ciudad, buscando una vida mejor, una oportunidad mejor. Algunos la encuentran y otros aún la siguen buscando.

Unos pocos de estos aldeanos se quedan, bien porque es su manera de vivir, porque es lo que les hace felices o sentirse seguros, o sencillamente es lo que saben hacer.

Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra. Cada uno debe encontrar su propio camino.

Pero decidir el camino es duro, y cansado, y feo, y agotador, y cruel, y a veces, también está lleno de esperanza, y alegría, y paz.

Sea cual sea tu camino, piensa que cada día, puedes escoger. Usa tu libertad para poder elegir, aunque sea lo mismo, pero sé consciente. Ser consciente te ayuda a volver a ti.

Profesora

Todos los días se levantaba temprano. Desayunaba un café con la leche que Casimiro le dejaba cada día en el escalón de su puerta, aunque ya notara en el sabor que la cabra estaba en las últimas, como el pueblo. La tostada al menos no sabía a viejo.

Se daba el gusto de vestirse enfrente de la ventana abierta de par en par al valle. Ya no quedaba nadie que pudiese ver cómo escondía sus pechos caídos dentro del sujetador. 

Cogía el maletín con sus horarios vacíos y sus cuadernos, y salía con un suspiro en los labios y el firme propósito de abandonar. 

Dos calles la separaban de la escuela. 

Atravesaba la verja que se quedaba entreabierta, abría la puerta con su llave, la que ponía «Escuela» en un trocito de papel blancuzco pegado en la cabeza. Seguía sus propios pasos huecos por el pasillo hasta su aula y se sentaba a esperar a los alumnos toda la mañana. Se entretenía releyendo los libros de la escasa biblioteca, haciendo algún crucigrama caducado o coloreando las láminas para los niños de infantil.

Pero había días en los que no podía reprimir las ganas de ponerse de pie y comenzar a explicar las ecuaciones de segundo grado o el sintagma nominal a unas sillas transparentes. Esos días, que eran muchos, irremediablemente volvía a casa con la esperanza de que al día siguiente alguien aparecería para llenar su mente de esos símbolos que quedaban expectantes colgados en la pizarra.

Érika M. Tercero Salinas

erika.tersal@gmail.com