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Impronta – Érika M. Tercero Salinas

Lo cierto es que el duelo tiene muchas formas, tantas como personas que lo sufren. Una de las más desgarradoras se puede presentar incluso antes de la falta. Para no perdernos en ese mar de sufrimiento, es importante acordarnos de pequeñas cosas que nos hacen sentirnos mejor. A veces hasta puede valer un trozo de bizcocho con chocolate.

Según la RAE en su Diccionario de la lengua española, una de las definiciones de duelo es “Dolor, lástima, aflicción o sentimiento” (Real Academia Española, (s.f.). Duelo, en Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. <https://dle.rae.es> [15 de marzo de 2021]). Pero en ningún momento se dice cuándo o cuánto tiempo dura. 

Lo cierto es que el duelo tiene muchas formas, tantas como personas que lo sufren. Una de las más desgarradoras se puede presentar incluso antes de la falta. Para no perdernos en ese mar de sufrimiento, es importante acordarnos de pequeñas cosas que nos hacen sentirnos mejor. 

A veces hasta puede valer un trozo de bizcocho con chocolate.

Impronta

Esta mañana, sin haber abierto aún los ojos, me ha atacado la sensación incómoda de que algo importante se escapaba a mi atención. Me he dicho que serían las sobras de algún sueño de mal gusto, como aquel en que perdía a mi hijo en el parque, que se repitió durante los quince días que Dani pasó en Madrid cubriendo los atentados de Atocha. Entonces las imágenes se me quedaban grabadas durante un tiempo al abrir los ojos, como si estuviesen cosidas a mi retina. Ahora, hay muchas mañanas en las que ya no me acuerdo de los sueños, se me pierden en una maraña de realidades que no me gustan. Los echo de menos, los sueños, digo, igual que otras cosas más prosaicas, como el tiempo en que el chorro de orina se me cortaba en seco o cuando podía enterarme sin falla de todo lo que me contaba alguien en mitad de una reunión de lo más ruidosa. Siento que ahora vivo confuso la mitad del tiempo. Qué asco de vejez.

Intento acostumbrarme a estas nuevas situaciones no bienvenidas que proliferan como los granos de la adolescencia, y las sobrellevo sin dignidad haciendo pucheros imaginarios que me recuerdan a la cara de Dani cuando tenía que comer algo que no le gustaba. Una de esas situaciones es tener como recibimiento matutino un dolor que se agarra a mi rodilla derecha y no la suelta hasta que decide irse a fastidiarme la pierna entera por un rato. Hasta no hace mucho, cualquier dolor me causaba risa, pero ahora este fastidio solo consigue arrancarme una mueca y una rápida respuesta para masajearme la rodilla inútilmente. 

Esta mañana el dolor era tan intenso que parecía que algo me estaba mordiendo haciendo presa. Tomando impulso de cuando nada me costaba tanto, me levanté, me abracé la rodilla con estas dos manos llenas de nudos y manchas y empecé el masaje fraudulento. Mientras los alfileres de dolor se movían al compás del frote, como tengo costumbre cada día, me di la vuelta para ver la otra cama donde duerme Ana. Hace ya tiempo que compré dos camas idénticas y las separé el espacio que ocupa una mesilla de noche cargada de libros sin leer, porque no descansaba nada con Ana moviéndose toda la noche, todas las noches. 

La cama estaba vacía. 

De un salto me puse de pie, y cojeando todo lo rápido que me dejaba esta nueva incapacidad de viejo, salí de la habitación con el sudor ya arrellanándose en mi nuca. Busqué por todas las habitaciones hasta que la encontré en la cocina, en medio de una filarmónica de boles, varillas y coladores, con su libreta de recetas abierta sobre la encimera, como cuando ella lo hacía todo. Se las había apañado para hacer una masa que mezclaba con una espátula dentro de un bol en un movimiento envolvente, como un director de orquesta con su batuta. Con la sangre chupándome a golpes las sienes, miré hacia el horno y vi que estaba encendido; maldita sea tu estampa Ana, coño. Me lancé para apagarlo como si fuera un placaje de rugby, y pensé lo ridículo que debía parecer, cojeando enfundado en unos calzoncillos que se me habían quedado demasiado grandes hacía tiempo. Ya no me pongo ni pijama, al carajo. 

En cuanto mis dedos rozaron la rueda de la temperatura del horno, Ana dejó escapar un no me toques el horno, amor, que voy a hacer un bizcocho, no tardo nada, ya verás qué bien. Joder, ¿en serio? Como si no tuviera yo cosas de las que preocuparme; tengo que estar pendiente de que Ana no deje los grifos abiertos en el cuarto de baño, que no salga a la calle desnuda o en camisón, que se trague el Risperdal y no lo escupa, cambiarle el pañal en cuanto se caga, porque si no, se mete la mano dentro y estampa la mierda contra la primera pared que encuentra, que coma algo más que pan con mantequilla, que manda cojones, porque ella siempre ha odiado la mantequilla, le daban arcadas con solo olerla, y ahora estamos al borde de la desnutrición porque solo come eso, pan con puta mantequilla. Y esta mañana se pone a hacer un bizcocho. Genial. A mí que me lo expliquen.

Con ella siempre fue todo muy medido, seguro, ordenado. Tanto, que a veces era como tener un grano en el culo que no te deja sentarte, o llevar un corsé que no te deja respirar. En nuestra casa había un sitio para todo, y lo que no tenía lugar, desaparecía misteriosamente; había reglas para casi todo, desde las toallas que había que poner en los baños hasta cómo tender la ropa. Pero la madre de todos los órdenes estaba en la cocina. En ella, todo plato, fuente, paleta, molde, tabla, olla, papel sulfurizado o de aluminio tenían su espacio único; y dentro de este orden de cosas, el cajón de los cubiertos era una auténtica mesa de quirófano. Además, todo debía estar escrupulosamente limpio, hasta teníamos tres tipos de estropajo para limpiar según qué superficie. La cocina era el lugar de la casa que más cuidaba.

¿Te importa untar el molde con mantequilla? Ya sabes que no soporto ni tocarla, amor. Sin decir nada cogí la barra de mantequilla y el molde que Ana me tendía con su mano temblorosa; había escogido su molde preferido, uno de aluminio con forma de magnolia, su flor. El día de nuestra boda llevaba un arreglo del pelo adornado con magnolias; recuerdo haberme quedado sin respiración cuando la vi avanzar hacia el altar del brazo de su padre, con un vestido de novia verde musgo único en todo el mundo y magnolias blancas en el pelo. Pero de eso hace ya siglos, y muchas cosas han pasado; y siguen pasando. Sentado en la barra de la cocina untando de mantequilla el molde de magnolia, se me olvidó que me dolía la rodilla, o simplemente el dolor se me fue a otra parte más insensible de mi cuerpo. Pero qué más da, si untando mantequilla puedo obtener el mismo efecto hipnótico y calmante de un medicamento, bienvenido sea.

Ana solía reírse de mí porque soy un negado en la cocina, sencillamente porque odio cocinar; eso sí, me encanta comer, lo que sea, no discrimino. De hecho, siempre he tenido una relación extraña con la comida, como si fuera mi vehículo para soltar la mierda de todos los días. Pero no soy un animal, si está rico, disfruto mucho; y Ana tenía un don para cocinar. Fue lo primero que eché de menos cuando empezó. Lástima que ahora el estómago no me aguante unas albóndigas en salsa de almendras, ya no digamos una ensaladilla de pimientos. Estoy asqueado del pescado en blanco, de eso y de la manzanilla, comida de enfermo.

Dejé caer la harina sobre el molde como la había visto hacer miles de veces, porque verla en la cocina era como ir a un buen musical, pero sin cansarte de tanta canción ñoña. No le pongas mucha, amor, que si no el bizcocho se quedará con sabor a harina cruda, eso, mejor dale la vuelta para quitarle lo que le sobra, qué bien te acuerdas. Me sentí contento y orgulloso, como cuando aprendes a hacer algo de niño y tu madre te felicita porque lo has hecho bien, y enseguida me arrasó la extrañeza, porque hacía mucho que no sentía algo parecido, y luego la rabia de la injusticia, y luego el recuerdo de que ya había pasado por el proceso de resignarme, y luego su puta madre.

Ana volcó la masa de bizcocho dentro del molde mientras yo luchaba conmigo mismo por no dejarme llevar, por no recordar, por mantenerme en este jodido presente. Dentro de mi pecho se montaba una batalla encarnizada que me apretaba el corazón y me lo hacía más chiquito y arrugado de lo que lo tengo ya. Sin darme cuenta, Ana había metido el molde en el horno y puesto el temporizador. Tenemos cuarenta y cinco minutos, cariño, y apretando los puños de emoción como una niña, dijo sonriendo, vamos a recoger la cocina y a hacer la cama. Me encontré secando cacharros con mis calzoncillos caídos, mirándola para que me dijera dónde colocarlos, porque nunca me acuerdo de dónde van. Por eso no uso más que una sartén y una olla pequeña, para no profanar el orden que Ana dejó cuando dejó de ser ella. Creo que si altero algo, ella no sabrá cómo volver, como las piedras blancas de Pulgarcito.

Cuando terminamos nos fuimos a hacer la cama, que ha sido siempre un motivo de discusión entre nosotros. Ella no soportaba ninguna arruga en las sábanas, y a mí, la verdad, me importa tres pepinos las arrugas que tenga. La manera de hacerla era la misma que en el hospital; aprendimos a hacerla así cuando estuvimos un mes ingresados al nacer Dani. Recuerdo que aquella fue la primera ocasión en que sentí miedo de verdad en mi vida; Dani nació prematuro, y Ana casi se muere por hemorragia. Cuando pudimos irnos a casa ni me lo creía, como tampoco me creí la carta de despido que me encontré encima de mi mesa al volver al trabajo. Por fortuna o por carácter, no me afectó demasiado, les encajé una denuncia y al mes tenía otro trabajo. Estaba tan contento de volver a casa completo que lo demás me parecían naderías.

Al entrar en nuestro dormitorio, Ana no se extrañó de que hubiese dos camas separadas, y si lo pensó no dijo ni mu. Eso también era un rasgo característico suyo; cuando se encontraba con algo que no le parecía bien no lo decía enseguida, sino que lo rumiaba bien durante el tiempo que necesitara y luego lo soltaba de una forma casual, como si no tuviese importancia; pero la tenía, siempre la tenía. En más de una ocasión metí la pata hasta el cuello por pensar que lo que decía no era relevante. Así que me mantuve alerta mientras ella me mandaba quedarme en la esquina sosteniendo las sábanas que ella quitaba, como un fantasma castigado. Verla sacudir, extender, doblar y alisar trozos de tela de algodón me pareció de repente hermoso; cómo se movía casi danzando entre tanta cosa cotidiana me tenía hechizado. El resultado fue dos camas perfectas, con sus colchas sin mácula; no quedaba nada de los malos sueños de la noche. Ana miró las camas con los brazos en jarras, inclinó la cabeza a un lado, se dirigió a mi cama y se tumbó ella. Me quedé de pie en mi esquina sin saber qué hacer, quieto, sin querer romper nada. Tras un momento, Ana se sentó en la cama y me miró con esa sonrisa que solo tiene para mí. Así podrás dormir más a gusto esta noche; mañana deberíamos cambiarnos de cama, hay más luz cerca de la ventana para que puedas leer. 

Ana se ha quedado sentada en el salón desde que tomamos el bizcocho con chocolate caliente, de nuevo perdida. No me arrepiento de haberla dejado que se tomara dos tazas, aunque eso suponga que más tarde tenga diarrea asegurada. Hoy no me importa la mierda; solo puedo pensar en el momento en que me meta en la cama y me acueste encima de las arrugas que el cuerpo de mi mujer ha dejado en mi cama.

Érika M. Tercero Salinas