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Promesas de jubilación – Erika M. Tercero Salinas

La pérdida a veces nos golpea tan rápido que no nos deja reaccionar, y empezamos a hacerlo días, semanas o incluso meses después. Puede ser incluso que este proceso no sea real para nosotros hasta que no nos reconocemos, como le ocurre al protagonista de nuestro cuento de hoy.

Promesas de jubilación

Ya desde pequeño era un niño que llamaba la atención, no solo porque era hermoso e inteligente, sino también porque tenía un lado atormentado, lamoso, que creaba la ilusión de proteger ocultando en la negrura. Era un ser triste hasta la médula, y él se dejaba mecer en ese desamparo con una consciente determinación. Uno puede hacerse adicto a esa clase de tristeza que te da una seguridad turbia, creando un cómodo espacio donde te puedes abandonar sin ser visto; justo como hacía él en el cine de su tío, en mitad de lo negro, oculto pero viendo, iluminado por las imágenes bailantes, impregnándose de todo lo que le gustaría ser pero no era. Cuando salía del cine se llevaba consigo la sensación de que él entero brillaba, igual que cuando estudiaba descubrimientos científicos. Estos le parecían lo más hermoso que podía ofrecer la faz de la tierra, y le provocaban un ansia de conocer que lo empujaba con luminosidad lejos de la oscuridad con la que había nacido.

De alguna manera sabía que adormecer esa sombra y aferrarse a la luz era la única salida para poder tener una vida como la que había visto tantas veces en la pantalla. Decidido a darse una oportunidad, se consagró a la investigación y dejó que su intelecto le llevara lejos, más allá de lo que muchos en su entorno pensaron que llegaría. Tomó las decisiones acertadas en los momentos oportunos y consiguió formar parte de un equipo científico de gran renombre. Mientras estudiaba en la universidad había conocido a su alma gemela, una chica que compensaba toda su opacidad y sentía la misma pasión por la investigación. Gracias a ella aprendió que el amor a otra persona le llenaba tanto como los papeles con teorías que se apilaban en su despacho. Él le prometió una vida compartida que al final sería una misma vida, le prometió que caminarían juntos, le prometió que la miraría siempre con el brillo del primer día. Se casaron pronto y tuvieron dos hijos varones, buenos hijos. Los éxitos profesionales, que se agolpaban enclaustrados en marcos colgados en su despacho, le enseñaron vanidad y pundonor; fue lejanamente consciente de que su mujer le sujetaba en el camino a conseguirlos. Aunque ella formaba parte de su equipo, por propia decisión no llegó nunca a ser una investigadora de primera línea como él; ella prefirió quedarse en la trinchera construyendo un hogar, agarrándose a la promesa de que al final de sus vidas solo serían ellos dos. Cada uno en su esfera, formaron un todo luminoso, compenetrado, con cadencia, en el que extendían sus raíces para asirse a la mitad del otro.

Él llegó a la vejez suavemente. En la universidad le organizaron un evento de despedida en el que su mujer brilló con luz propia; nunca la había visto tan radiante y llena de vida. Orgullosa, feliz, se paseó por la sala colgada de su brazo conectando conversaciones, enganchando conocidos, soltando risas en cada pausa. Después de aquella noche, él agradeció la tranquilidad de su hogar. Su primer pensamiento fue que no sentía jubilarse, en realidad estaba cansado y su mujer llevaba jubilada ya unos meses. Podrían hacer juntos las cosas que habían pospuesto desde siempre, nada opulento ni descabellado, solo planes abandonados para luego; además, tenían nietos que no vivían muy lejos, recibirían sus visitas. Si lo necesitaba, incluso podría hacer alguna colaboración para la universidad o alguna revista científica. Estaría entretenido. Todo estaba ordenado, todo parecía retener la luz; excepto un vago resquemor que le horadaba su intención como arenisca.

No tardó mucho en darse cuenta de las primeras señales. Al paso de los días un sopor vital se fue apoderando de él; tuvo la sensación de que su mitad sombría, omitida por toda una vida, pugnaba por recuperar su espacio y le esperaba ladina detrás de la puerta como el hombre del saco de su niñez. Paulatinamente, dejó de querer hacer cosas, y luego dejó de hacerlas sin más, dejándose arrastrar por el vaivén de su antiguo yo; acciones como pasear a su perro o comprar los tres periódicos que llevaba comprando desde siempre dejaron de ser parte de su día. Incluso su interacción con los demás pasó a un segundo plano. Solo se comunicaba con su mujer para pedirle lo que necesitaba —agua principalmente, tenía mucha sed—. Cada día abandonaba una actividad, hasta que incluso abandonó la de asearse o irse a la cama. El sillón reclinable que le habían regalado sus hijos tras su jubilación se había convertido en una mullida madriguera. Pero nada de eso le preocupaba demasiado porque, al fin y al cabo, no eran más que cosas por hacer.

Sintió que empezó a perder trozos de sí mismo cuando dejaron de importarle cosas en las que había basado su existencia; el cariño a su mujer, su profesión, la lectura. El día en que sus hijos no fueron más que un recuerdo parásito consiguió recuperar algo de tristeza, pero el sentimiento se evaporó sin dejar nada tras de sí. Se dio cuenta de la aparición de los primeros síntomas externos pasadas unas semanas. Los dedos de los pies fueron los primeros, de un color piel añeja pasaron a un tono pardusco; luego vino el endurecimiento, aunque éste no empezó en los dedos, sino en el centro del pecho. Comenzó a sentir preocupación cuando aparecieron las grietas en las piernas, siempre le había aterrado la visión tan desnuda de un cuerpo abierto; pero esta inquietud también se desvaneció.

Para entonces ya no podía pedir ayuda; tampoco quería. Se dejaba invadir cada día por una nueva costumbre gangrenosa que convertía su cuerpo y su yo en un recuerdo. Su mujer pasaba a su lado sin prestarle ninguna atención; tampoco le quedaba nada que compartir con ella, aunque nunca pensó que su relación terminaría siendo ignorado por completo. Sus hijos tampoco le miraban, ni siquiera sus nietos notaban su presencia. Cuando quiso llamar su atención, se dio cuenta de que no emitía ningún sonido hacía tiempo. Quiso comprobar que aún podía hacerlo, pero al abrir la boca, una rigidez en las cuerdas vocales junto con un regusto leñoso dejó la voz quieta al principio de su garganta.

El día en que ya no pudo moverse había notado una solidez extraña en toda su columna vertebral —¿todavía era una columna vertebral?—. Ahora no tenía pies ni manos como tal, estos se habían incrustado en el suelo de parqué quizá buscando el agua del subsuelo; seguía teniendo mucha sed. El pelo le había crecido hasta formar una copa sin hojas. Pensó que cuando la espiral de transformación se completara dejaría de respirar y todo se acabaría.

Pero no fue así. Oía, notaba y veía desde ese nuevo terreno de insensibilidad. No tuvo mucho tiempo para acostumbrarse a este estado catatónico; parecía que su familia había empezado a reparar en la presencia de una molesta invasión vegetal en el salón. Fue plenamente consciente del momento en que su mujer comenzó a talar su cuerpo con una fuerza recién estrenada. Las astillas saltaban clavándose como alfileres en los brazos de ella mientras repetía una y otra vez:

—Eres un árbol muerto, eres un árbol muerto, eres un árbol muerto.

Erika M. Tercero Salinas

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